Manlopseg

El joven Borno

Escrito por manlopseg 13-12-2018 en El joven Borno. Comentarios (0)

La gente de aquella tierra hablaba a menudo del sino fatal de un joven llamado Borno, tan atractivo que era conocido como el mimado de los dioses.

Allí estaba Borno en una cresta baja de la montaña desde donde se podía divisar el brillo del mar en la distancia.

Entre un grupo de viejos árboles había un estanque centenario.

Borno dejó beber al asno, luego cogió las tinajas, mientras el animal pastaba de aquí allá.

Pero no las llenó enseguida, se sentó junto al estanque.

De pronto los lirios se estremecieron, el agua se rizó y susurró al chocar contra las piedras. Entre los nenúfares apareció una mujer infinitamente seductora, infinitamente misteriosa.

Su piel era más blanca que los pétalos de lirio, sus ojos eran verdes. Una oscura melena, con tallos entrelazados, caía sobre sus hermosos hombros, fundiéndose con el agua.

Borno se acercó a ella. Vaciló y retrocedió.

“No sois mortal, doncella” dijo.

La muchacha sonrió perezosamente y asintió con la cabeza, los ojos del muchacho se oscurecieron de deseo, inclinándose sobre el estanque.

Tan pronto como la punta de sus dedos tocó el agua, la mujer le sujetó como si de un grillete se tratara. Sus pequeñas y afiladas uñas se clavaron en su carne y Borno cayó inexorablemente al agua, penetrando en el mundo sin aire que se ocultaba bajo la tierra, dónde aún reinaban los espíritus acuáticos y los humanos no podían vivir.

Eso es lo que dijeron los compañeros de Borno. El asno había regresado hasta los campos rebuznando lúgubremente. Fueron al estanque, donde encontraron las tinas del agua en el suelo, vacías. Le buscaron y le llamaron hasta el amanecer, pero fue en vano.

Algo mágico flotaba en el aire alrededor del estanque.

Más tarde, tras haber dado por terminada la búsqueda, los irlandeses compusieron una melodía para Borno, contando como fue raptado por la ninfa del estanque.

Los irlandeses la cantaron durante siglos mientras recolectaban el grano.


La hija del rey de la tierra de la juventud

Escrito por manlopseg 13-12-2018 en La hija del rey. Comentarios (0)

Mientras Finn y su hijo Oisin, junto a varios compañeros, cazaban una mañana brumosa de verano a orillas del lago Lena, vieron acercarse a una doncella hermosísima, montada en un corcel blanco como la nieve. Ella llevaba un traje de reina: una corona de oro y un manto de seda marrón con estrellas de oro rojo la envolvía y se arrastraba por el suelo.

Su caballo llevaba adornos de oro y un penacho sobre la cabeza.

La doncella y se acercó a Finn y le dijo: “Desde lejos he venido y te he encontrado, Finn, hijo de Cumhal”

“¿Cuál es tu tierra, doncella, qué es lo que deseáis de mí?” preguntó Finn.

“Mi nombre es Niam, la del pelo dorado. Soy hija del rey de la Tierra de la Juventud, y lo que me ha traído hasta aquí es el amor por vuestro hijo Oisin” respondió la doncella.

Ella giró hacia el joven guerrero y le habló en con una voz a la que nadie podía negarse “¿Vendrás conmigo, Oisin, a la tierra de mi padre?”

“Allí iré y hasta el fin del mundo” contestó Oisin.

Entonces la doncella habló sobre su tierra, y mientras lo hacía, una quietud de ensueño inundó todas las cosas. Ningún caballo se movió, los perros dejaron de ladrar, ninguna ráfaga de viento meció las hojas del bosque.

Los hombres estaban tan maravillados que de todo lo que ella contó, sólo pudieron recordar:

Es una tierra deliciosa por encima de todos los sueños,

más bella que cualquier cosa jamás vista por unos ojos.

Allí todo el año hay frutos en los árboles,

y durante todo el año las plantas florecen.

Allí los árboles miel salvaje gotean;

el vino y la hidromiel nunca se terminan.

Ningún habitante conoce el dolor ni la enfermedad,

y la muerte o el decaimiento nunca están cerca de él.

La fiesta nunca empalaga ni la caza cansa,

ni tampoco para de sonar la música de los salones;

El oro y las joyas de la Tierra de la Juventud

brillan con esplendor jamás conocido por hombre alguno.

Tendrás caballos de buena cuna,

tendrás perros que corren más que el viento;

un centenar de guerreros os seguirán en las batallas,

un centenar de doncellas os cantaran para que durmáis.

Una corona de soberano llevareis en la frente,

y a vuestro lado un arma mágica siempre estará,

y seréis el señor de toda la Tierra de la Juventud,

y el señor de Niam, la del pelo dorado.

Al terminar la canción, los fians vieron a Oisin montar en el corcel mágico, sostener a la doncella en sus brazos, y desaparecer como un rayo de luz hacia el bosque.


Manitú

Escrito por manlopseg 13-12-2018 en Manitú. Comentarios (0)

"Por supuesto que puedo cazar un reno", había afirmado Ojibwa, respondiendo a las críticas de su abuelo, que lo consideraba demasiado joven e inexperto. Sin embargo, después de pasar tres días solo en el bosque, la tarea ya no parecía tan sencilla.

El primer día, Ojibwa encontró la pista de un reno y lo siguió de cerca, pero el sol se puso antes de que pudiera alcanzarlo. El segundo día Ojibwa sorprendió a otro reno bebiendo en un arroyo; sacó su arco, se aproximó al arroyo y pisó, sin darse cuenta, algunas ramas secas que crujieron ahuyentando a su presa. El tercer día, Ojibwa localizó a una familia de renos que se refugiaba detrás de unos peñascos, pero cuando empezaba a acercarse escuchó el gruñido de un oso y se trepó en un árbol para ponerse a salvo. Por supuesto que cuando bajó del árbol los renos habían abandonado su escondite.

La noche del tercer día, Ojibwa se encontraba en un claro del bosque dándole vueltas a su fracaso y considerando la posibilidad de regresar al campamento, sin pena ni gloria, cuando de repente escuchó un zumbido y percibió un resplandor extraño. Después del zumbido vino una voz:

“Soy Kitchi Manitú, no temas” dijo la voz.

“¡Oh, Kitchi Manitú! Necesito tu ayuda.” Rogó Ojibwa.

“Para volver al campamento con la cola entre las piernas no necesitas la ayuda de Kitchi Manitú” afirmó la voz.

“Estoy decidido a intentarlo una vez más, pero no sé cómo” replicó Ojibwa.

“El primer día fallaste porque te faltó rapidez, el segundo día fallaste porque te faltó sigilo y el tercer día... bueno, aceptemos que el tercer día fuiste simplemente un cobarde. Necesitas que Manitú, la fuerza, crezca dentro de ti. Para eso deberás internarte en el bosque de los abedules: pasarás dos días con sus noches, sentado en la piedra más plana que encuentres en aquel bosque. Pondrás tu mirada y tu atención en los troncos de los árboles, en ninguna otra cosa. Al final del segundo día se presentará tu animal protector y te indicará un camino” sentenció Kitchi Manitú.

Ojibwa siguió las instrucciones con todo cuidado; permaneció atento y quieto dos días con sus noches. Al final del segundo día, tal como Kitchi Manitú lo había anunciado, llegó un animal, un castor de ojos más bien grandes. El castor se anunció golpeando su gruesa cola contra el suelo, y en cuanto notó que Ojibwa lo había visto se echó a correr. En ese momento Ojibwa recordó que su primera falla había sido la falta de rapidez, de manera que empezó a correr detrás del castor.

Después de un rato, el castor pasó a pocos metros de un gigantesco oso que arañaba distraídamente la corteza de un abeto. Ojibwa recordó que su tercera falla había sido sucumbir ante el miedo, y siguió corriendo tras el castor, ignorando la presencia del oso.

Finalmente el castor entró a la zona más tupida de la floresta y detuvo su carrera, dando paso a una marcha lenta. Ojibwa recordó que su segunda falla había sido la falta de sigilo, y empezó a caminar tan suave y discretamente que sus mocasines no hacían ruido alguno. Así se acercaron a un reno que masticaba hierbas y sacaba de vez en cuando la lengua.

Ojibwa apuntó con su arco y se disponía a lanzar la flecha cuando el reno desapareció. No se escapó, no se movió; simplemente desapareció. En el sitio donde había estado el reno surgió un resplandor... Kitchi Manitú.

“Ya has aprendido bastante por ahora” dijo el Gran Espíritu “No dudo que un día, muy pronto, seas un buen cazador. Ahora regresa al campamento y dile a tu abuelo que tenía razón, que te falta mucha experiencia. Si lo haces, agregarás a todo lo que has aprendido una lección de humildad”


Citli

Escrito por manlopseg 13-12-2018 en Citli. Comentarios (0)

Transcurrían los días felices en la tribu india del bosque llamado El Amanecer.

Todos los días salían los guerreros cazadores para abastecer a sus familias con lo que conseguían cazar.

Uno de ellos, llamado Águila de las Tinieblas, salía por primera vez. Adentrándose en el bosque llegó a un lago y quedó sorprendido al encontrar en la orilla del lago a una hermosa joven y decidió esconderse para que no le viera.

Desde su escondite, tras la maleza pudo observar su belleza. Era muy blanca de piel y tenía el pelo largo y rizado y muy rubio. Él se enamoró al instante y decidió ir todos los días a verla pero siempre escondido.

Pero ella se dio cuenta de que alguien la observaba y un buen día le sorprendió por detrás. El, asombrado por su osadía, todavía la quiso más. No hubo nadie en la tierra que se amara más que ellos dos.

Pero él cada día tenía que regresar a su tribu y no podía llevarla porque los demás no la aceptarían.

Al poco tiempo ella quedó embarazada y él decidió escapar de la tribu para quedarse junto a ella y cuidarla.

Tuvieron un bebé precioso, una niña u eran increíblemente felices.

Mientras tanto los guerreros de la tribu estaban enfurecidos por la partida del joven guerrero. Decidieron ir en su busca y traerlo de vuelta con los suyos.

Un buen día asaltaron la pequeña cabaña donde vivían ellos. Ella al darse cuenta escondió a su bebé tras la maleza, junto al lago.

Los guerreros la mataron y se llevaron su cabellera.

Águila que ya volvía de su cacería no dio crédito a lo que veían sus ojos cuando llegó al lugar.

Sus llantos y lamentos llegaron más allá de las estrellas y todo el firmamento. Al rato escuchó a su bebé llorar y fue en su busca. Se sentó con su bebé a la orilla del lago mientras miles de lágrimas rodaban por sus mejillas.

Observando a su niña bajo la luz de las estrellas, cayó en la cuenta que era igual a su madre. Su pelo era suave, rubio y rizado y era de piel blanca y ojos verdes. “Te llamaré Citli” dijo Águila, que significa lucero nocturno, ESTRELLA. “Y te prometo que cuidare de ti todos los días de mi vida”

Citli creció y se convirtió en una jovencita preciosa y muy dulce.

Un día su padre no volvió de cazar y ella se sentó a la orilla del río a esperarle.

Pasaban los años y ella seguía esperando sentada en la orilla. Curiosamente no envejecía y estaba cada vez más bella. Un buen día apareció por allí un joven cazador guerrero que se quedó sorprendido por su belleza, y decidió esconderse tras la maleza para observarla...

Y la historia se repite...


Nube Sin Rumbo

Escrito por manlopseg 11-12-2018 en Nube Sin Rumbo. Comentarios (0)

Cuentan los chamanes que a las puertas del pueblo indio llamado Luna Fértil, nació un bebé al cual se le atribuyeron unos poderes, ya que nació cuando el eclipse solar. Nació en el momento en que el día se transformó en noche. Su madre venía de un lugar muy lejano llamado Luz de Fuego. Y al llegar a Luna Fértil en las mismas puertas del poblado tuvo a un bebé precioso. Una niña de pelo negro y piel aceituna y la llamó Nube sin Rumbo, porque ciertamente viajaba sin rumbo fijo.

Nube no se dio cuenta de sus poderes hasta cumplir los 19 años. Tenía el don de comunicarse con las fuerzas de la naturaleza, y el don de cambiar los corazones indomables y malignos por belleza y bondad.

Pero Nube no era feliz. Sentía que le faltaba algo y no sabía muy bien qué. Decidió viajar en busca de la felicidad hacia otras tierras. Con la bendición de su madre y de los ancianos de la tribu partió al amanecer.

Nube viajó muchísimo, visitó otras tribus e hizo a muchas personas felices. Sin darse cuenta era vigilada por las hadas del bosque, quienes extrañadas por tanta belleza en una mortal, tramaron algo indebido y digo indebido puesto que las hadas no son así.

Pero mientras, ella seguía sintiendo que le faltaba algo. Y viajaba y viajaba sin descanso soportando sola las inclemencias del tiempo. Pero siempre vigilada por esas hadas...

Pasaron 10 años y Nube no era feliz. Tenía un espíritu inquieto que no la dejaba descansar. No terminaba de encontrarse a sí misma.

Un buen día llegó a una tribu que no conocía de antes. Se presentó al jefe de la tribu, el cual quedó admirado por la valentía de la joven y le propuso que se quedara y le ayudara a dirigir a su pueblo. Ella, resignada, aceptó.

El jefe de la tribu se llamaba El Que Pinta En El Agua porque tenía aquel don, y se enamoró locamente de Nube, pero Nube seguía encerrada en sí misma. Pero él era muy paciente y sabía esperar.

Un buen día Nube empezó a caminar hacia el bosque buscando hierbas para sus rituales y se perdió. Se le echó la noche encima y no pudo volver. Sin saber que hacer se limitó a buscar un poco de luz pero aquella noche no había luna. Encendió una pequeña hoguera y se quedó dormida.

Mientras, El Que Pinta En El Agua fue en su busca...

Nube se despertó sobresaltada, alguien le tocaba la cara y se asustó. Era el espíritu de su madre que le hablaba con estas palabras “Nube, hija, no busques más. Lo que buscas no está en sitios extraños y lejanos. Está muy cerca de ti hija. Está en tu corazón. Tienes el don de cambiar los corazones de los demás, pero el tuyo está duro y frío como una roca. Mira dentro de ti, hija, sólo dentro de tu corazón y de tu alma está la felicidad. Quítate la venda de tus ojos, porque estás ciega y no ves el amor que te rodea”

Aprovechando tal situación, las Hadas entonaron un cántico secreto para los mortales. Sí, las hadas llenas de envidia ya, porque al ver un mortal que poseía tanta hermosura, aún más que las mismas hadas, decidieron hacerle adormecer eternamente y esa canción llegó a oídos de Nube, quien escuchando estas palabras y esa tonada escondida, se quedó dormida.

Durmió durante 5 años debido al embrujo de las hadas del bosque que tenían envidia de su belleza. El Que Pinta En El Agua la acompañó durante esos 5 años y la lloró día y noche, mientras el espíritu de Nube seguía errante viajando por los confines de la tierra, hasta que cansado volvió al cuerpo de Nube.

Cuando Nube despertó y vio a quien tenía al lado se asombró. Él, en un arrebato la besó, un largo y cálido beso que la envolvió. Nube abrió los ojos y vio todo claro. Sintió una gran paz interior y una felicidad única. Pero el cuerpo de Nube estaba muy débil y enfermo. Nada pudieron hacer por ella.

Los pocos días que le quedaron fueron los más felices de su vida. No le importaba morir porque ya se había encontrado con el rostro de la verdadera felicidad.

La noche que murió, El Que Pinta en el Agua fue hasta el lago y no paró de pintar lágrimas en él. Lágrimas y lágrimas de dolor.

Ante tanto amor los dioses se compadecieron de él y decidieron hacer a Nube inmortal. Y fueron felices.

Y cuenta la leyenda que cuando él murió... Nube decidió que su espíritu le acompañaría para siempre...

Y hasta hoy mismo sus espíritus están unidos...y dependiendo de su estado de ánimo, llueve o hace sol.

Sólo el verdadero amor hace cambiar el corazón de las personas.