Manlopseg

El ciego y su perro

Escrito por manlopseg 22-10-2018 en El ciego y su perro. Comentarios (0)

Un día, un ciego y su perro de servicio cruzaban la calle cuando, de repente, pasó un camión. El perro corrió a proteger a su dueño pero, trágicamente, ambos murieron. Las almas del ciego y de su perro se fueron al cielo. Sin embargo, había un problema… solo había lugar para un alma más en el cielo.

“Lo siento, pero uno de ustedes dos deberá irse al infierno” dijo el ángel guardián.

“Mi perro no entiende el concepto de cielo o infierno… ¿Puedo decidir quién irá y quién se quedará?” preguntó el ciego.

“Lo siento. Ambas almas son iguales, así que se decidirá en un concurso” respondió el ángel “Tendrán que correr desde esta puerta hasta la puerta principal del cielo. El primero que llegue será el ganador, y el más lento se irá al infierno. Ahora eres un alma, así que ya no eres ciego. Además, cuanto más pura es un alma, más rápido se puede mover. Definitivamente, serás el ganador” concluyó el ángel, aunque, secretamente, creía que el perro ganaría, ya que el hombre no era tan puro como pensaba.

Comenzó la carrera y, sorprendentemente, el viejo caminó despacio y con calma, con su leal perro permaneciendo cerca, a su lado. El perro, fácilmente, pudo haber dejado atrás al hombre y correr a las puertas del cielo, pero no lo hizo.

El ángel miró al perro y dijo “Renunciaste a tu vida por tu dueño. Ahora que ya no es ciego, no necesitas guiar su camino ¡Rápido! ¡Corre a las puertas del cielo!”

Ambos ignoraron al ángel y todavía caminaban juntos, uno al lado del otro. Cuando se acercaron a la puerta, el hombre ordenó a su perro que se sentara. Este miró a su dueño con su usual afecto.

“Este perro ha estado a mi lado durante varios años, pero es la primera vez que lo veo con mis propios ojos. Ya que dijiste que solo uno de nosotros puede ir al cielo, quiero que él vaya. Se lo merece” dijo el ciego. Entonces, ordenó a su perro que avanzara, mientras cerraba los ojos y se dejaba caer al infierno.

El ángel se quedó boquiabierto, conmocionado ante este acto tan desinteresado. Sin embargo, lo siguiente fue aún más inesperado: el perro leal, al ver caer a su dueño, corrió tras él. El ángel extendió sus alas, haciendo todo lo posible para atrapar al perro y al hombre.

Afortunadamente, el ángel los atrapó y, al sentirse conmovido, los acompañó a los dos al cielo. Se quedarían juntos en un lugar. Juntos bajaron y juntos permanecieron. El dueño y el perro estaban juntos, se protegerían mutuamente para siempre.

Sacrificar tu propia felicidad por la de los demás es la forma más suprema de amor. La lealtad que un perro tiene hacia su dueño es un amor inquebrantable, dispuesto a sacrificarse a sí mismo. Un amor que dura para siempre.


Las manchas del sapo

Escrito por manlopseg 22-10-2018 en Las manchas del sapo. Comentarios (0)

Cuenta la leyenda que hace muchos, muchos años, los sapos no tenían manchas en la piel. Les encantaba saltar, zambullirse en las charcas, comer moscas y mosquitos... Hasta aquí, los sapos eran muy similares a los de ahora. Sin embargo, su piel era de un verde reluciente e inmaculado: no tenían ni una sola mancha.

Un día, el águila, a la que el sapo no podía ni ver, fue a su casa a invitarle a una fiesta que esa noche se celebraba en el cielo “Sapo, esta noche habrá una fiesta increíble en el cielo. Lástima que no puedas venir... Claro, que podría llevarte yo si quisieras venir”

“Ah, ¡una fiesta! Claro que iré” dijo el sapo “Ven a buscarme esta tarde, pero ven con una guitarra, que me gusta mucho tocarla y os enseñaré unas cuantas canciones”

El águila se extrañó de su propuesta, pero accedió a llevarla. Así que esa misma tarde se presentó el águila con la guitarra bajo un ala. El sapo, que ya había ideado un plan para poder llegar al cielo sin que el águila le llevara en las garras, le dijo “Muy bien, Águila, pero aún no terminé de arreglarme. ¿Por qué no vas tú y ya iré yo un poco más tarde?”

El águila pensó que el sapo era muy orgulloso y prepotente. ¿Cómo llegaría sin su ayuda hasta el cielo, si no podía volar? Así que decidió que debía dejarle allí “De acuerdo, sapo, pues allí te espero. Pero sapo, yo que tú no rechazaría mi ayuda... ¡no tienes alas! Jaja... ¡a ver cómo llegas!”

Y antes de que alzara el vuelo, y sin que se diera cuenta el águila, el sapo se metió de un salto en la guitarra entrando por el agujero central.

Ya en el cielo, y sin que el águila le viera, el sapo salió de la guitarra. Para el asombro de todos, se presentó en medio de las nubes, y como era muy simpático y cantaba muy bien, se hizo con la fiesta y recibió aplausos de todos los invitados.

Se hizo tarde, y el águila se ofreció a llevar a sapo de vuelta. Pero él, todo orgulloso, lo rechazó “No hace falta, águila, ya me las apaño yo solo para llegar hasta mi casa. No necesito para nada tu ayuda”

El águila, extrañado y un poco cansado de la falta de humildad del sapo, se dispuso a alzar el vuelo, pero al mirar de reojo se dio cuenta de que el sapo se había metido de un salto en su guitarra.

“¡Ahora lo entiendo todo!” pensó.

El águila decidió que debía dar un escarmiento al sapo por orgulloso, así que cuando ya estaba cerca de la tierra, pero aún a cierta altura, dio la vuelta a la guitarra y dejó que el sapo se cayera. El sapo se pegó tal golpe al caer, que se llenó el cuerpo de moretones. Y eran tan intensos que jamás se le quitaron. Y sus hijos, los hijos de sus hijos y los hijos de los hijos de sus hijos, nacieron con ellos. Desde entonces, todos los sapos tienen esas manchas en la piel.


El sol y la luna.

Escrito por manlopseg 21-10-2018 en El Sol y La Luna. Comentarios (0)

El sol y la luna.

Cuenta la leyenda que cuando la tierra estaba en la oscuridad, era siempre de noche. Los más poderosos, que vivían en el cielo, se reunieron para crear el Sol y que hubiera luz en la Tierra. Se citaron en Teotihuacán, una ciudad que había en el cielo. Bajo ella, como un reflejo, estaba la ciudad mexicana del mismo nombre.

Se dice que en esa ciudad celeste de Teotihuacán, encendieron una enorme hoguera. Aquel poderoso que quisiera convertirse en el Sol, debía saltar esta hoguera para resurgir como el Sol.

Se presentaron dos candidatos para ser el Sol: el Primero era grande, fuerte, hermoso y rico y además, estaba vestido con ropas de lujo y adornado con piedras preciosas. Este ofrecía a sus compañeros oro y joyas como muestra de su orgullo; por otro lado, el Segundo era pequeño, débil, feo y pobre; su piel estaba cubierta de llagas, y estaba vestido con su ropa de trabajo. Como el Segundo era un ser muy pobre, sólo podía ofrecer la sangre de su corazón, sus buenos y humildes sentimientos.

Cuando llegó la hora de saltar la enorme hoguera, el grande y rico no se atrevió, tuvo miedo y salió corriendo, sin embargo, el Segundo, que era muy valiente, dio un salto enorme sobre la hoguera y salió convertido en el Sol.

El Primer candidato al verlo convertido en sol, sintió vergüenza y sin pensarlo mucho tomó carrerilla y saltó la hoguera. Y en el cielo apareció un segundo Sol. Los demás Poderosos estuvieron de acuerdo de que no podían existir dos soles en el firmamento, así que decidieron apagar al Segundo, para eso, tomaron un Conejo por las patas y con mucha fuerza lo lanzaron contra el segundo Sol. El brillo de este disminuyó rápidamente y tras poco, se convirtió en la Luna.

Si te fijas bien, durante los días de luna llena, puedes ver la figura de un conejo, que es el que acabó con el segundo sol y dio vida a la luna.


El gorgoé

Escrito por manlopseg 21-10-2018 en El gorgoé. Comentarios (0)

El gorgoé

Cuenta la leyenda que en una pequeña isla llamada Cancaguy vivía gente amable y feliz, que se dedicaba a la agricultura y a la pesca. Pero llegó una época de sequía y sus embalses se secaron.

La gente de Cancaguy estaba triste, porque sólo tenían agua salada del mar. ¿Cómo iban a regar sus plantas? ¿Cómo iban a beber?

Un caluroso día, Babur, príncipe de Cancaguy salió con su hermana pequeña, Alim, en busca de un nuevo pozo de agua. Recorrieron un gran camino, y cuando estaban a punto de dar media vuelta, descubrieron un acantilado que no conocían. Allí, en medio, la puerta de una gruta. Alim, que era muy curiosa, convenció a su hermano para entrar en la gruta.

Pronto descubrieron una luz que indicaba el final del pasadizo. Al salir, no podían creer lo que veían: ante sus ojos, y en una pequeña playa, había un hermoso árbol. Un árbol enorme, con raíces fuertes que se veían a ras del suelo rodeadas de preciosas flores. A su alrededor, un pequeño lago en donde bebían varios animales.

Babur y su hermana nunca habían visto algo así. Un árbol tan inmenso en plena playa, rodeado de flores y de agua... Cuando se acercaron, el árbol comenzó a hablar. Les dio un gran susto.

“No temáis” dijo el gran árbol “Mi nombre es Ger, y soy un gorgoé, un árbol mágico de los océanos. Mi misión es desalar el agua del mar. Mis hojas caen al agua del mar que me rodea y absorben la sal. Luego el agua las arrastra hasta la orilla, en donde se transforman en flores. Podéis beber, vamos, probad el agua”

El árbol mágico de los océanos tenía razón. ¡El agua era dulce! Los niños corrieron a dar la buena noticia a Bisar, el rey del poblado. Al principio nadie quería creerles, pero los niños insistieron. Y estaban tan entusiasmados, que les siguieron hasta el árbol mágico. Y descubrieron que todo era verdad. No podían estar más felices.

Los habitantes de Cancaguy trataron al árbol lo mejor que podían, A cambio, el árbol les daba agua para beber y regar. Pero la historia del árbol mágico pronto traspasó las fronteras. El terrible Tartor, un ambicioso rey que había desolado su propio reino, fue hasta allí en busca del árbol. Lo arrancó y se lo llevó al barco. Pero entonces recibió su castigo: de pronto se desató una terrible tormenta que partió en dos al barco. El árbol se hundió junto con todos los tripulantes.

Y como los habitantes de Cancaguy eran muy buenos y nobles, recibieron su recompensa. Allí en donde antes estaba Ger, nació otro árbol idéntico. Pronto volvieron a tener agua dulce y nunca más sufrieron problemas de sequía.


El colibrí

Escrito por manlopseg 21-10-2018 en El colibrí. Comentarios (0)

El colibrí

Los mayas más sabios cuentan que los Dioses crearon todas las cosas en la Tierra y al hacerlo, a cada animal, a cada árbol y a cada piedra le encargaron un trabajo. Pero cuando ya habían terminado, notaron que no había nadie encargado de llevar sus deseos y pensamientos de un lugar a otro.

Como ya no tenían barro ni maíz para hacer otro animal, tomaron una piedra de jade y con ella tallaron una flecha muy pequeña. Cuando estuvo lista, soplaron sobre ella y la pequeña flecha salió volando. Ya no era más una simple flecha, ahora tenía vida, los dioses habían creado al x ts’unu’um, es decir, el colibrí.

Sus plumas eran tan frágiles y tan ligeras, que el colibrí podía acercarse a las flores más delicadas sin mover un solo pétalo, sus plumas brillaban bajo el sol como gotas de lluvia y reflejaban todos los colores.

Entonces los hombres trataron de atrapar a esa hermosa ave para adornarse con sus plumas. Los Dioses al verlo, se enojaron y dijeron “si alguien osa atrapar algún colibrí, será castigado”. Por eso es que nadie ha visto alguna vez a un colibrí en una jaula, ni tampoco en la mano de un hombre.

Los Dioses también le destinaron un trabajo: el colibrí tendría que llevar de aquí para allá los pensamientos de los hombres. De esta forma, dice la leyenda, que si ves un colibrí es que alguien te manda buenos deseos y amor.